Es la hora de las pirámides y del té,
de los polígonos y ecuaciones,
del pequeño infinito donde tiemblan las raíces
cada vez que el agua toca su cuerda angular
y a cada pálpito del rectángulo,
de la música que germina cuando el viento
lame las esquinas de la materia,
de los espacios afeitados por el cantar del vacío,
donde la cama recién saqueada por lo inmóvil e idéntico,
donde la constante sucesión púrpura de la antimateria, gen por gen,
desflorecida, quemada, hecha de un sueño ceniza,
y en aquel desorden de las formas, súbitamente,
como un cabello entre dos cuásares,
algo que titila, besa, muerde y desaparece sin explicarse:
una claridad reflejada en la nieve pasajera.
Thursday, December 14, 2006
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