Thursday, December 14, 2006

XIX

Los pasos de la noche dejan una aura de oro.
Neutrino por neutrino, hay una luz lúcuma
que refleja la escritura en el brillo de los automóviles
aparcados en las calles. Repetidas hasta su fin y su principio,
las palabras palpitan en la arena y en las brasas del tiempo
el lenguaje me tuerce el brazo, me obliga a cocer papas
antes que los tigres hagan de mi cabeza un coro de azafrán
o de sonrisas que las espigas de la noche
no puedan interpretar en sus clavicordios de estuco.
Es mi identidad de agua que solfea por el volumen seco
de los azulejos.
Eres tu con tu maquillaje de gigante roja y el cabello suelto al universo que cantas en medio de los rombos del crepúsculo negro.
Es él, ella y ello.
Somos nosotros en los infiernos diarios, en los baños y en el lavabo. Somos el golpe de ciruelas submarinas talladas en una fotografía que cuelga del espejo.
Somos la cascada salvaje, el fotón que empaña los vidrios, los cuerpos tirados por el techo buscando vino azul en el ojo del cíclope. Una serie de botellas vacías y de juguetes rotos. Una sucesión de corazones oxidados. Somos los cabellos tirados por el piso que nadie se atreve a barrer.

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