Thursday, December 21, 2006

XV

En el silencio que la palabra no puede tallar,
donde los antipolígonos son peces y las teorías
yacen varadas en las arenas del sueño,
el polen imaginado se reinventa y vuelve a morir
víctima de su propio gran letargo.

En el vórtice del lenguaje,
donde nada escapa, ni siquiera las aristas del pez,
tampoco la luz, ni la rosa, ni la forma,
ni los recuerdos, ni la nada,
los bordes van siendo engullidos a sí mismos.

Vorágine de la parábola,
en que el metal del polvo y de la voz
se funden en un chorro de materia eyectada
por mercuriales campos magnéticos
también llamadas pretensiones efímeras.

Es el iris que abre la noche del saqueo,
la casa del ser es inexistente,
la ontogenia y la filogenia
son asteriscos de luz, pulsares
o fuegos artificiales que iluminan el vacío.

Tuesday, December 19, 2006

XVI

Hay opera en el sonido de la lluvia
y un jardinero que modula su tacto.
Es el mar que se ha perdido por la escarcha
y la inmortalidad ha sabido morder su cuello que adormece la hierba.
Son los ríos de sal que como águilas muerden las
corrientes sangrientas de la hojarasca.

Monday, December 18, 2006

XVII

De lámparas que se apagarán pronto,
entre duraznos grisáceos y ríos que el tráfico acomoda,
cuelgan las plegarias de los excomulgados.
Los nuevos bebederos de la sangre colman las rutas de los príncipes.
La inocencia es un arma a la que han llamado una diadema de pájaros.
También somos condenados y nos menospreciamos uno al otro jugando al eterno juego de los ángeles sin rostro. El amor ya no sirve como excusa para combatir el chirrido del asbalto.

Sunday, December 17, 2006

XVIII

¿Y si no es cierta esta palabra o esta mano,
la sombra de esta sombra, el redentor estrellado desde los fulcros del olivo, la astilla negra que empaña los vidrios calcinados por la humedad candente de lo desconocido e inventado, las figuras, las formas , las praderas, las estructuras que juegan a ser día y a ser noche, nuestras huellas, nuestros sueños cubiertos por sucesivos arcos repetidos hasta el infinito, volúmenes, amplitudes vacías donde vórtices famélicos comen azucenas etéreas en los jardines de la incertidumbre y luego las devoran y las desaparecen en polvo, colisión, polvareda, mareas, tormentas de tamos que se repiten una y otra vez, una y otra vez, sin ninguna fórmula precisa, sólo siendo polvo, huesos, universos rotos por las calles anamorfas de una y trillones de ciudades sin nombre, lagos llenos de máquinas usadas y olvidadas hasta por el olvido, parábolas de una vagabunda azul en la vereda de una guardería estelar mendigando pan para sus estrellas, el hambre del azogue, del silencio columpiándose a orillas de la paciencia amenazando con tirarse al vacío, ciruelas que caen de un seudónimo, de las lágrimas que nadie quiere pronunciar, de un árbol de donde cuelgan copos de luz, fotografías y espejos rotos, la soledad que nos mira como un animal que no necesita más de nosotros y de su sangre consagrada a la fiesta de las flautas y de los chacales, y si tan solo somos tinta que alguien derramó?

Thursday, December 14, 2006

XIX

Los pasos de la noche dejan una aura de oro.
Neutrino por neutrino, hay una luz lúcuma
que refleja la escritura en el brillo de los automóviles
aparcados en las calles. Repetidas hasta su fin y su principio,
las palabras palpitan en la arena y en las brasas del tiempo
el lenguaje me tuerce el brazo, me obliga a cocer papas
antes que los tigres hagan de mi cabeza un coro de azafrán
o de sonrisas que las espigas de la noche
no puedan interpretar en sus clavicordios de estuco.
Es mi identidad de agua que solfea por el volumen seco
de los azulejos.
Eres tu con tu maquillaje de gigante roja y el cabello suelto al universo que cantas en medio de los rombos del crepúsculo negro.
Es él, ella y ello.
Somos nosotros en los infiernos diarios, en los baños y en el lavabo. Somos el golpe de ciruelas submarinas talladas en una fotografía que cuelga del espejo.
Somos la cascada salvaje, el fotón que empaña los vidrios, los cuerpos tirados por el techo buscando vino azul en el ojo del cíclope. Una serie de botellas vacías y de juguetes rotos. Una sucesión de corazones oxidados. Somos los cabellos tirados por el piso que nadie se atreve a barrer.

XX

Es la hora de las pirámides y del té,
de los polígonos y ecuaciones,
del pequeño infinito donde tiemblan las raíces
cada vez que el agua toca su cuerda angular
y a cada pálpito del rectángulo,
de la música que germina cuando el viento
lame las esquinas de la materia,
de los espacios afeitados por el cantar del vacío,
donde la cama recién saqueada por lo inmóvil e idéntico,
donde la constante sucesión púrpura de la antimateria, gen por gen,
desflorecida, quemada, hecha de un sueño ceniza,
y en aquel desorden de las formas, súbitamente,
como un cabello entre dos cuásares,
algo que titila, besa, muerde y desaparece sin explicarse:
una claridad reflejada en la nieve pasajera.

XXI

Con la lentitud de una pluma,
los nimbos se entretienen tocando los dedos del viento.
Medianoche en la hierba digital.
Las aves duermen. Las ilusiones también.
Sólo algún coche salido de la nada
corre por las calles ebrias de soledumbre.
En los arces, el insomnio se prolonga esbelto y bello
sin preocupaciones de intelecto porque la luna mordida
se devora a sí misma desde su muerte.
El viento le pide al universo una lluvia de estrellas fugaces
pero la noche no quiere llorar.
En la nieve toco las preguntas de la hojarasca
y en su vientre encuentro las respuestas del polvo.
Mis cabellos sucios quieren subir por los caminos de la sombra,
y las palabras se enredan en mis hombros.
No, mis manos ya no son necesarias para hablar con los espectros,
las rosas de mis bolsillos les han hipnotizado con su perfume.
La oscuridad es un dialecto con el que se comunican amantes entrópicos que buscan un refugio cósmico entre la hierba.
Esta noche las nubes no quieren cantar,
tienen la garganta enferma y los ángeles del deseo
se embarcan en un taxi que los lleve
hacía el movimiento eterno,
hacia lo desconocido.